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Meditaciones Dictadas por Nuestra Señora 1986

Por: Berna490 | Publicado: 24/11/2014 04:35 |


Misterios Gozosos
(Lunes y Sábado)

La Anunciación


Aquella noche, hace mucho tiempo, estaba sola, en oración profunda. Una gran luz entró a Mi pequeña habitación iluminándola más que cualquier lámpara. De esta luz surgió un Ángel de Dios, Su bondad emanaba de su ser. Fui sorprendida, pensando al principio que había venido a reprocharme, pero sus palabras me tranquilizaron. Has encontrado el favor de Dios, me dijo. Su mensaje prosiguió, y Yo no pude decir nada más que "sí", ya que desde Mi más temprana memoria había sido obediente a Dios en todas las cosas. Me habló de Mi prima y después se fue, dejando Mi humilde habitación algo vacía y solitaria.

Yo pido a toda la humanidad, que sean obedientes a la Voluntad de Dios en sus vidas con toda humildad. ¡Alabado Sea Dios!
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Visitación


Me fui rápidamente a la casa de Mi prima Isabel después de recibir el mensaje del Ángel. Aunque el viaje fue un poco penoso, Yo sabía en Mi corazón que al verla recibiría la confirmación de todo lo que el Ángel me había dicho. Efectivamente, a Mi llegada ella me dijo que al irme acercando el bebé saltó de gozo en su vientre. Tan anciana era ella y aún así con un hijo. Yo no tenía duda de que ella había recibido un gran regalo de Dios. Arrobada por el Espíritu Santo, hablé desde el corazón, mencionando las generaciones que estaban por venir y del gran milagro que Dios estaba trayendo a la tierra a través del poder del Espíritu Santo.

Queridos hijos míos, al rezar este misterio, les pediría que reflexionen en la grandeza de Dios que puede responder a todas las oraciones. Es a través de Dios que todo es posible. Perfeccionen sus vidas de oración y vengan a Él con una fe esperanzadora. Él siempre responderá a Su manera y en Su tiempo. ¡Alabado sea Jesús!
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Natividad



Es imposible describir con palabras terrenales el gozo y el asombro de esa noche. Todas las cosas que llevaron a este gozoso acontecimiento causaron angustia. El viaje tan largo y penoso, la separación de nuestras familias y la falta de una morada apropiada a Nuestra llegada a Belén. Sin embargo, cuando Mis ojos contemplaron el semblante de Mi pequeño Hijo, recién llegado del Cielo, no recordé ninguna de las pruebas. Él era toda santidad. En Su presencia, Nuestro pobre entorno se perdió de vista. Sentí la presencia del Cielo en la tierra. Él pudo haber elegido venir al mundo en el palacio de un rey, compartiendo todas las comodidades del mundo. Pero ésta no fue Su elección, porque Él no es de este mundo. Su reino está con Su Padre en el Cielo. Al crecer, Él nunca eligió al mundo o sus placeres, sino que mantuvo Sus ojos siempre en el Reino de Su Padre.

Por lo tanto, Yo les pido a todos los que recen este misterio de Mi Rosario, que oren por este mismo espíritu de desapego. Esta gracia es en verdad vital para la salvación. Los que adoran las cosas de este pobre mundo, no pueden decir verdaderamente que Mi Hijo es lo primero en sus vidas. En Su omnipotencia, Él conoce los corazones de todos los hombres y no recibirá en Su Reino a quienes lo coloquen en último lugar en sus corazones. ¡Alabado sea Jesús!
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Presentación


Cuando recuerdo este misterio, la Presentación de Mi Niño en el templo, tengo emociones mezcladas. Recuerdo los muchos días de oración y sacrificio que nos prepararon para esto. José y Yo queríamos que Nuestro Hijo fuera bendecido de una manera más especial. Según la costumbre judía, fuimos al templo cuando Él tuvo la edad adecuada. Llevamos con Nosotros una ofrenda sencilla, unos pichones. Él fue bendecido al ser presentado al sacerdote. Varias veces mientras estábamos en los escalones del templo santo, un hombre de edad se acercó a Nosotros. Su nombre era Simeón. En un determinado momento, pidió cargar a Mi Amado Hijo, y al hacerlo habló proféticamente. Agradeció a Dios por conservarlo para ese momento, después me dijo que Mi Alma también sería traspasada por una espada. En verdad, supe inmediatamente de lo que hablaba, ya que Mi Cruz por el resto de Mi vida, fue el conocimiento del futuro de Jesús. Yo sabía que Él sufriría una muerte tormentosa, misma que Yo presenciaría. Sabía que Su hora más oscura sería iluminada por Su Resurrección. De inmediato, me entristecí y me tranquilicé sabiendo que Él, a quien cargaba en Mis Brazos, redimiría a la humanidad. Guardé todas estas cosas en Mi corazón, meditándolas mientras cuidaba a Mi Divino Hijo. José y Yo salimos para la casa, reflexionando silenciosamente los acontecimientos del día. Más tarde, José me habló suavemente de lo que Simeón había dicho, esperando calmar mis temores. Pero Yo, con la sabiduría que Dios me ha dado, sabía que llegaría el día, cuando de verdad sufriría tanto como sufriría Mi Hijo. Esta fue la Cruz que debí cargar por 33 años.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

El Encuentro del Niño Jesús en el Templo


Cuando Jesús tenía 12 años, José y Yo lo llevamos a Jerusalén para la celebración de un día festivo. Nosotros no íbamos solos, sino que viajábamos con un gran número de familiares y amigos. Fue en el regreso a casa cuando comencé a buscar a Mi Amado Hijo entre el grupo con el que estábamos viajando. Al principio estaba segura que lo descubriría escondido durmiendo en una esquina o hablando de Dios Padre con sus primos y amigos. Al pasar las horas, me perturbaba más y más. José decidió que deberíamos regresar de inmediato a Jerusalén temiendo que lo hubiéramos dejado atrás. Ahora serían muchos días de viaje para regresar. El calor era abrumador e hizo más grande Nuestra pena. Al acercarnos nuevamente a Jerusalén, José sugirió que buscáramos primero en el templo, ya que era el lugar preferido de Mi Hijo. Era después del mediodía ya tarde ese día. Las sombras caían. Al subir la gran escalera de piedra del templo santo, Yo sentí una gran sensación de paz. Incluso desde los escalones superiores pudimos oír el eco de Su voz a través de los grandes aposentos de piedra. José lo encontró parado entre varios hombres sabios hablando a profundidad sobre los escritos de un antiguo profeta. Mi corazón estaba inundado de gozo cuando Él puso Su joven Mano nuevamente en la Mía.

Nosotros le hablamos sobre la gran preocupación que nos había causado, sin oponerse al largo viaje de regreso. Él preguntó si no sabíamos que Él debía estar en los asuntos de Su Padre. En los años por venir, le di vueltas y vueltas a esto en Mi corazón. Sí, Él estaba en las cosas de Su Padre, pero todavía no era el tiempo. Él, en Su gran amor a Dios, no podía esperar a compartir con otros Su infinito conocimiento. Fue un acto de amor que tuvo lugar aquel día, no un acto de desobediencia.

Jesús regresó con José y Conmigo a Nuestra humilde casa. Nunca fue desobediente con Nosotros, sino humilde en todas las cosas. Creció hasta la madurez bajo Nuestros atentos ojos.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

Misterios Dolorosos
(Martes y Viernes)

La Agonía en el Huerto



Mientras viví en la tierra no estuve presente durante la agonía de Mi Amado Hijo en el Huerto y no vi su gran agonía al pensar en Su muerte próxima. Como Su Madre, sin embargo, sentí dentro de Mi propia alma una tristeza apremiante que consumía todo Mi Ser. Yo sabía que Él pensaba en las injusticias que le acontecieron a menudo durante los últimos meses de Su vida.

Ahora en el Cielo, Yo poseo todo conocimiento y les puedo contar los acontecimientos tal como pasaron. Mi Hijo, consciente de la muerte violenta que iba a sufrir por toda la humanidad, llevó a sus 11 Apóstoles a un huerto cercano con el propósito de orar. Ahora Judas no estaba presente porque ya estaba en su sucio trabajo. Los Apóstoles estaban muy fatigados y se durmieron, pero Mi Amado Hijo no notó nada a Su alrededor, una vez que Él se quedó envuelto en la oración, Él vio cada golpe de la flagelación. Sintió el peso del Madero en Sus Hombros. Conocía cada músculo y nervio que sería cortado por los clavos. Vio el pecado de la humanidad, no sólo de ese tiempo, sino también del futuro. Él vio las atrocidades de la guerra y el terrorismo, la degradación del cuerpo humano, el odio que el hombre tendría en su corazón por sus hermanos. Al final, vio muchas almas tibias que lo conocerían en algún momento de sus vidas, pero que elegirían y continuarían eligiendo al mundo, en vez de elegirlo a Él. En este momento, se dirigió al Padre y le pidió que apartara de Él el cáliz del sufrimiento. Pero finalmente con una profunda resignación a la Voluntad del Padre, dijo: "Que no se haga Mi voluntad, sino la Tuya." Yo te digo, nadie en la tierra ha sufrido, ni sufrirá, la angustia mental que Mi Hijo sufrió en el Huerto de Getsemaní.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Flagelación en el Pilar


Yo fui testigo de esto. Mi Amado Hijo fue conducido al patio por los soldados. Su trato hacia Él fue particularmente rudo. Encadenaron Sus Muñecas en lo alto de una columna, de tal manera que Su Carne se estirara tensa para lograr que se desgarrara más fácil. Fue despojado de Sus vestiduras. Los látigos que usaron no eran látigos comunes. Fueron diseñados para cortar y arrancar la carne de su víctima. Un soldado se paró a cada lado de Jesús y se turnaron para atacar Su Sagrada Carne. En total, Él sufrió más de 5,000 heridas. Cuando todo terminó, lo dejaron parado en un charco de Sangre. Por decencia, se cubrió nuevamente y se lo llevaron dejando detrás huellas ensangrentadas. Para entonces, Su Cabeza palpitaba por la deshidratación. Cuánto anhelaba reconfortarlo. Yo estaba tan desconsolada al verlo. Los soldados, conociendo bien su oficio, pararon justo antes de que Él cayera inconsciente. Así es que en Su Divinidad, Él conocía cada dolor que todavía le esperaba.

Te pido que lo consueles con tu oración y penitencia. Gracias.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Coronación de Espinas



Los soldados no estaban satisfechos con la brutal flagelación que le impusieron a Mi Amado Hijo. Ahora ellos cubrieron Su Cuerpo con una vestimenta como de rey, todo hecho con un gesto de burla. No sabían que tenían frente a ellos al Rey de Reyes. Formaron para Él una corona con espinas que crecían cerca de ahí. Esas espinas eran mucho más largas de lo que te imaginas. Le pusieron Su corona sobre Su Sagrada Cabeza y prosiguieron haciendo reverencias frente a Él, burlándose de Su realeza. Le clavaron la corona de espinas con largas varas, de tal modo que forzaron estos instrumentos de tortura en Su Sagrada Cabeza. Esto hizo que Su Preciosa Sangre fluyera hacia Su Cara, dentro de Sus Ojos, bloqueando Su vista. Pero aún así, Él los amó. Sí, Él amó profundamente aún a aquellos que lo atormentaron. Con gran humildad Él lo soportó todo. Con un solo suspiro pudo haber llamado a Su auxilio a todas las Legiones de Ángeles, pero Él eligió sufrir humildemente por toda la humanidad.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

Jesús Carga Su Cruz


Mi Amado Hijo, con Su Carne desgarrada y desprendida de los Huesos, ahora le entregan, a pesar de Su estado debilitado, el Madero de la Cruz para que lo cargue sobre Sus Hombros. Todo Su Ser temblaba por la debilidad. Su vista ahora estaba empañada por el incesante flujo de sangre causado por la corona de espinas. Él después me dijo que al llevar el peso de la Cruz, continuamente veía pasar frente a Él millones de almas tibias, para quienes Su sacrificio significaría muy poco.

Pero Él fue impulsado por los soldados y por Su eterno amor a toda la humanidad. Hubo caídas agonizantes hasta que otro fue obligado a ayudarlo. Cuando me encontré con Él, apenas podía mirarlo a los Ojos, no quería que viera Mi gran aflicción, aunque Él la sintió, estoy segura. Su mirada era de resignación y al mismo tiempo de compasión por Mí. Él cayó muchas veces en este camino de expiación por los pecadores, cada caída lo dejaba más y más debilitado. Finalmente llegó a Su destino. Ahí Él se sentó y con gran angustia ofreció una oración al Padre. En todo lo que sufrió, mostró gran paciencia.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Crucifixión


Pusieron una especie de arnés sobre Mi Hijo para que pudiera ser conducido como un animal. Esta atadura agravó las Heridas que sufrió durante la flagelación. Le dieron el gran Madero para que lo cargara sobre Su Hombro desgarrado y con mucha repugnancia y desprecio fue conducido hasta el Gólgota.

Una vez ahí, fue desatado y le permitieron sentarse en una piedra mientras le preparaban la Cruz. Ahora Él retorcía Sus Manos y miraba hacia el Cielo como si necesitara ayuda con gran urgencia. En determinado momento lo pusieron sobre la Cruz que aún estaba en el piso, como para ajustarla a Su Sagrado Cuerpo. Los agujeros para los clavos fueron entonces perforados en la madera. Al terminar, lo llamaron de nuevo para que se colocara sobre la Cruz y traspasar Su Sagrada Carne con los clavos. Ahora Él sentía los golpes de los mazos antes de que incluso fueran asestados, y mucho después. Se hizo algún ajuste con dos de Sus Extremidades que no alcanzaron los agujeros preparados para los clavos. Él también sufrió el tormento cuando Su Brazo y Pierna fueron dislocados de Sus coyunturas.

Ahora la Cruz estaba erguida. No era muy alta, Yo podía tocar Sus Pies. Pero no podía ir a poner un dedo en Su Carne torturada. Al estar colgado en agonía, los soldados ignorantes echaron a suerte Su pobre pieza de ropa. Estaban tan indiferentes e inconscientes de sus obras.

Ahora el Cielo se oscureció. Muchos mirones comenzaron a retirarse. Mi Hijo habló poco, pero cada palabra llevaba gran peso. Se dirigió a San Juan y a Mí. Al hablarme Yo sabía que no sólo era a Juan a quien daba una Madre, sino a toda la humanidad. Esto lo acepté con mucho gusto.

Hacia la última hora de Su vida, poco podía moverse, respirar, y Sus palabras eran completamente roncas, aunque aún bastante claras para entenderse. Al tomar los pecados de la humanidad, se sintió abandonado por el Padre. Por último, entregó Su Espíritu. Ahora la tierra comenzó a temblar y a desplazarse como si gimiera sobre su pérdida. No obstante, esperé, mientras que un extranjero vino a reclamar Su cuerpo para el entierro. Cuando desprendieron de la Cruz Su figura flácida y lo pusieron en Mis Brazos, lloré de dolor. No pude sostenerlo tanto como hubiera deseado por lo tarde de la hora. Me lo quitaron.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

Misterios Gloriosos
(Miércoles y Domingo)

La Resurrección de Nuestro Señor


En lo profundo de Mi Alma Yo sentí que Mi Hijo resucitaría de la muerte. Todavía en aquel primer Domingo de Pascua estaba completamente inmersa en la desdicha del Viernes Santo y Mi Corazón anhelaba Su presencia. Salimos a la tumba temprano, al salir el sol. Algunos llevaban aceites, esperando preservar mejor Su Cuerpo porque había sido preparado para el entierro con gran premura el viernes anterior. Mis acompañantes se adelantaron al pasar por el Gólgota. Yo me detuve brevemente en el sitio marcado por la Cruz de donde se lo habían llevado. Había un agujero vacío que señalaba el lugar donde antes estuvo, nada más.

Mi Corazón ardía dentro de Mí, anhelaba tanto verlo. Estaba en profunda oración cuando una Mano me alcanzó. Era Su Mano, herida por Sus enemigos. Su Cara mostraba una brillantez Celestial. Sonrió cuando Mis lágrimas llenaron Sus Heridas. Él dijo, "La Victoria es Nuestra". Permaneció por unos momentos más. Yo comprendí que Él todavía tenía una misión que cumplir. Se desvaneció tan rápido como vino. Mi Corazón estaba contento mientras proseguía Mi camino a la tumba llena de la alegría de la Resurrección. Toda la Alabanza al Dios Vivo y Verdadero. Toda la Alabanza a Jesucristo. ¡Aleluya!
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Ascensión al Cielo



La Ascensión se llevó a cabo de una manera muy tranquila, como son todos los milagros de Dios. No hubo gran fanfarria ni despedidas con lágrimas. Estábamos caminando hacia el pueblo de Betania. Cristo se detuvo y volteó hacia nosotros. Su Cuerpo se veía radiante como el sol. Sus Llagas destellaban con la gloria de Dios. Levantó Su Mano en una última bendición y nos miró con mucho amor. Lentamente se desplazó de la tierra. Cuando ascendió al Padre una nube se juntó debajo de Sus Pies. Parecía luminiscente. Podíamos ver Sus Manos extendidas que parecían abrazar a toda la tierra cuando el Cielo se abrió para Él. El Padre, Yo lo sé, lo recibió con un gozo victorioso. Nosotros, que fuimos dejados atrás, no sentimos tristeza en ese momento, sino gozo y paz de corazón. Estábamos todos al mismo tiempo en la presencia de dos Seres Celestiales. Nos animaron a que continuáramos nuestro camino y lo hicimos.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Venida del Espíritu Santo


Estábamos todos reunidos en una habitación grande, los Apóstoles, los amigos de Jesús, y Yo. Muchos estaban asustados, temiendo que les esperara el mismo destino que Jesús experimentó. Había muchos corazones confundidos y corazones que simplemente extrañaban Su presencia física.

Estábamos en oración cuando el aire comenzó a agitarse en la habitación, aunque afuera permanecía en calma. Este soplo de aire se convirtió en una brisa suave y comenz a moverse a través del grupo ahí reunido. Algunos a los que tocaba caían como si estuvieran dormidos. Cuando este Soplo del Espíritu alcanzó a todos los Apóstoles, lenguas de fuego aparecieron sobre sus cabezas, y después cayeron al piso como si estuvieran muertos. Yo misma me dormí en el Espíritu por algún tiempo, y al descansar, vi a Mi Amado Hijo sonriéndome, sentado en Su trono a la derecha del Padre. Mi alma estaba inmersa en amor por Él y no podía moverme.

Cuando todos comenzamos a volver en sí, nos dimos cuenta que esto era el regalo que Mi Hijo había prometido enviarnos, El Santo Paráclito, Mi Divino Esposo. Aquellos quienes añoraban Su presencia se levantaron llenos de gozo. Se desvaneció toda confusión ante la presencia de la sabiduría y el conocimiento, porque las verdades que ahora se revelaban, estaban hasta entonces ocultas. El Espíritu ahora animaba los corazones de los Apóstoles disipando su miedo. Ellos irrumpieron en las calles proclamando la Buena Nueva. Cuando hablaban, todos entendían el mensaje sin importar su lengua nativa. Así fue el comienzo de la Novia de Cristo, la Iglesia Universal. ¡Toda la Alabanza sea a Jesucristo!
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Asunción de María al Cielo



Ahora mientras estaba a la mesa con muchos de los amigos de Jesús, sentí como frecuentemente lo hacía, un gran anhelo por estar con Él. Esta vez el sentimiento fue más fuerte que nunca. No podía oír ni hablar, porque Mi alma añoraba Su Divina Presencia. Por fin, sentí que me llegó una gran paz, y me quedé dormida en el Espíritu, esta vez para nunca despertar. Mi alma ascendió rápidamente a Su Reino Celestial, y una vez más, pude regocijarme en la luz de Su Presencia.

Ahora Mi querido Hijo no permitiría que Mi Cuerpo Inmaculado sufriera los estragos de la tumba. Convocó al Arcángel Gabriel y a Mi amado Ángel Guardián a Su lado y les indicó que recogieran Mis restos corporales y que los escoltaran al Cielo. Tal gozo, tal júbilo experimenté en Mi alma cuando vi los restos de Mi cuerpo siendo llevados al Cielo en las alas de los Ángeles.

En la Puerta del Cielo, San José y Jesús se pusieron en lugar de los Ángeles y llevaron este Santuario Virginal a través de las puertas del paraíso. Ahí, en medio de la alabanza de todos, Mi alma y cuerpo una vez más se hicieron uno.

Qué gracia, qué sublime regalo me dio Él. Ahora Yo me aparezco en alma y cuerpo por toda la tierra, llevando mensajes de reconciliación y paz, mensajes que Mi Hijo pone en Mis Labios para toda la humanidad. Toda la Alabanza al Altísimo.
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...

La Coronación de María Como Reina del Cielo y de la Tierra


Desde que Dios Padre consideró en Su gran majestad Mi Inmaculada Concepción, me concedió muchas gracias. Fui Su Hija obediente encontrando repulsivo cualquier mal. Fui una morada Inmaculada y una Madre amorosa para Cristo el Hijo. El Espíritu Santo encontró en Mí una Esposa muy dispuesta, lista para aceptar los designios de Dios para Mí.

Así es que, tras Mi asunción al Cielo, Dios en Su gran bondad eligió coronarme Reina del Cielo y la Tierra. Soy la Mediadora de toda Su Gracia. Soy Corredentora de la humanidad. Llevo todo a Mi Amadísimo Hijo para que puedan tener parte en Su Reino. Nadie que viene a Mí con sincero corazón será dejado insatisfecho. ¡Toda la Alabanza a Jesucristo!
Padre Nuestro... Diez veces el Ave María... Jaculatorias...



Historia del Rosario


La Madre de Dios, en persona, le enseñó a Sto. Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe.

Domingo de Guzmán era un santo sacerdote español que fue al sur de Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albingense. Esta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal. El bueno creó todo lo espiritual. El malo, todo lo material. Como consecuencia, para los albingenses, todo lo material es malo. El cuerpo es material; por tanto, el cuerpo es malo. Jesús tuvo un cuerpo, por consiguiente, Jesús no es Dios.

También negaban los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios. Se rehusaban a reconocer al Papa y
La Virgen acude en ayuda de Santo Domingo de Guzmán


La Virgen se le apareció en la capilla. En su mano sostenía un rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

Domingo salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Efectivamente, lo predicó, y con gran éxito por que muchos albingenses volvieron a la fe católica.

Lamentablemente la situación entre albingences y cristianos estaba además vinculada con la política, lo cual hizo que la cosa llegase a la guerra. Simón de Montfort, el dirigente del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, hizo que éste enseñara a las tropas a rezar el rosario. Lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario. Como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.



Oracion Fácil, y poderosa "Jesús, María, Os Amo, Salvad las Almas"

Sor María Consolata Betrone
Monja Clarisa Capuchina (1903- 1946)
Turín - Italia

Su nombre de profesión: "Consolata", representa su vocación, que es ser consoladora del Corazón de Jesús y de todos aquellos que no pueden percibir o acoger el amor del Señor.
MENSAJE DE AMOR QUE LE COMUNICO EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Mensaje de amor que el Sagrado Corazón de Jesús lanza al mundo para salvarlo.
La fórmula de este Acto es:
"Jesús, María, Os Amo, Salvad las Almas"
Allí están los tres amores: Jesús, María, las almas que tanto ama Nuestro Señor y no quiere que se pierdan, habiendo por ellas derramado Su Sangre.

-Le decía Jesús: "Piensa en Mí y en las almas. En Mí, para amarme; en las almas para salvarlas (22 de agosto de 1934). Añadía: la renovación de este Acto debe ser frecuente, incesante: Día por día, hora por hora, minuto por minuto"(21 de mayo de 1936).
-"Consolata, di a las almas que prefiero un Acto de amor a cualquier otro don que pueda ofrecerme"... " Tengo sed de amor"... (16 de diciembre de 1935).
-"¿Quieres hacer penitencia? ¡Ámame!", dijo Nuestro Señor a Sor Consolata. A propósito, recordemos las palabras de Jesucristo al Fariseo Simón sobre Magdalena penitente: "Le son perdonados muchos pecados, porque ha amado mucho".
-"Recuerda que un Acto de amor decide la salvación eterna de un alma y, vale como reparación de mil blasfemias. Sólo en el cielo conocerás su valor y fecundidad para salvar almas".
-"No pierdas tiempo, todo Acto de amor es un alma". Cuando tengas tiempo libre y no tengas otra cosa que hacer, toma tu corona del Rosario en tus manos y a cada cuenta repite: "Jesús, María, os amo, salvad las almas"... En cuatro o cinco minutos habrás hecho pasar por tus dedos todas las cuentas y habrás salvado 55 almas de pecadores, habrás reparado por 55.000 blasfemias.
-Sor Consolata le pidió un día a Jesús: "Jesús enséñame a orar". Y he aquí la Divina respuesta: " ¿No sabes orar?" ¿Hay acaso oración más hermosa y que sea más grata que el Acto de Amor?

Nuestro Señor le pedía a Sor Consolata que repitiera frecuentemente ese acto de amor hasta ser incesante, es decir, continuamente, porque continuamente van muchas almas al infierno porque no hay quién las salve... Repitamos todo lo que podamos este Acto de amor:
"JESÚS, MARIA, OS AMO SALVAD LAS ALMAS", para que sean muchas las almas que arranquemos al infierno para hacerlas felices eternamente en el cielo. Las almas que salvamos con este Acto de Amor, será un día nuestra corona de gloria en el cielo.
Un "Jesús, María, os amo, salvad las almas". Ayudará a calmar tu indignación, a convertir tu ira en mansedumbre. Sabrás mostrarte benévolo al que te ofende. Devolver bien por mal. Conduce a efectos nobles; palabras verdaderas, obras grandes y sacrificios heroicos, iluminará tu entendimiento con luces sobrenaturales; estimulará el bien, retraerá el mal. Obtendrá el arrepentimiento al pecador; en el justo avivará la fe y le hará suspirar por la felicidad eterna.
Dice San Agustín: "Quien salva un alma, asegura su propia salvación", y quien salva centenares y millares y hasta millones de almas, con un medio tan fácil y tan sencillo, sin salir de su casa, ¿qué premio no tendrá en el cielo?

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