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ORACIONES PARA CADA DÍA DE LA SEMANA DE SAN. ALFONSO MARÍA DE LIGORIO*

Por: Berna490 | Publicado: 15/04/2015 23:36 |

ORACIONES PARA CADA DÍA DE LA SEMANA DE SAN. ALFONSO MARÍA DE LIGORIO*

¡Ojo! No leas: díselo, que es distinto. No hace falta que la termines cada día: si después de decirle algo que aquí está escrito, dejando el papel se lo comentas con tus palabras, ¡mucho mejor!

LUNES:

¡Qué bueno eres, Dios mío! ¡Cómo amas! Te has dado todo Tú a mí, te has hecho todo mío. Alma mía, recoge toda tu capacidad de amar y únete estrechamente con tu Señor, que ha venido para unirse contigo y para que le devuelvas amor.

Señor, que me has redimido, te abrazo: Tú eres mi amor y mi vida. Me uno a ti; no me rechaces. ¡Pobre de mí! ¡qué tonto soy tantas veces! En muchas ocasiones en mi vida me separo o me olvido de ti; pero de ahora en adelante prefiero perder mi vida mil veces antes que perderte otra vez, porque Tú eres el bien más grande que tengo. Olvídate, Señor, de todas las veces que no te he tratado como mereces y he pecado contra ti, y apiádate y perdóname; me duelen de todo corazón.

A pesar de haber pecado contra ti, me mandas que te ame: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón. ¿Quién soy yo, Señor, para que deseas que te ame? Puesto que así lo deseas, yo quiero amarte. Tú quisiste morir por mí, y me diste tu carne como alimento; yo todo lo dejo, de todos me despido, y sólo a ti me abrazo, pues eres mi Salvador.

¿Quién me separará del amor de Cristo?, ¿a quién otro quiero más sino a ti, que eres la infinita Bondad y eres digno de un amor infinito? ¿Qué hay para mí en el cielo y qué puedo querer fuera de ti en la tierra? Lo mío es Dios para siempre. Verdaderamente, Dios mío, ¿qué mayor bien que Tú puedo encontrar ni en el cielo ni en la tierra, o quién me amará más que Tú?

Venga a nosotros tu reino. Jesús bueno, toma, por favor, esta mañana, entera posesión de mi corazón, pues te lo ofrezco todo entero. Apodérate de él para siempre y apártalo de cualquier afecto que no provenga de ti. A ti sólo escojo como anhelo mío y riqueza mía: Dios de mi corazón, lo mío es Dios para siempre.

Concédeme que no se me vaya de la boca aquella petición de San Ignacio de Loyola: Sólo con que me des tu amor y tu gracia ya soy suficientemente rico. Dame tu amor y tu gracia; haz que te ame y sea amado por ti, y así ya seré bastante rico; nada más deseo, nada más busco.

Pero Tú conoces bien mi debilidad y cuántas veces he sido infiel contigo; ayúdame, pues, con tu gracia, y no permitas que nunca me separe de ti. Esto te digo ahora, y quiero decírtelo siempre; concédeme que siempre pueda repetirte: No permitas que me aparte de ti.

Virgen Santa, esperanza mía, María, pide para mí a Dios esta doble gracia: la perseverancia final y el amor; no pido más.

MARTES:

Señor mío, ¿cómo he podido ofenderte tantas veces, sabiendo que el pecado te desagrada? Te pido, por los méritos de tu Pasión, que me perdones y que. me ates a ti con los lazos de tu amor; que el mal olor de mis culpas no te aparte de mí. Haz que considere cada vez más tu bondad y el amor que te debo, y la caridad con que Tú me has amado.

Deseo, Jesús bueno, darme a ti por entero, ya que Tú quisiste entregarte sacrificándote por mí. Con muchas razones de amor me estrechaste contra ti; te pido que no permitas que jamás me separe de ti. Te amo, Dios mío, y quiero amarte siempre. ¿Cómo podría vivir separado de ti y sin tu gracia, ahora que he conocido tu amor?

Te doy gracias, porque me seguías queriendo cuando vivía sin tu gracia, y porque todavía me dejas tiempo para amarte. Puesto que todavía puedo amarte, quiero amarte con todas mis fuerzas, Jesús, y me propongo agradarte en todo. Te amo, te amo más que a mí mismo; y porque te amo te hago entrega de mi cuerpo, de mi alma y de toda mi voluntad. Haz con- migo, Señor, y dispón de mí según tu querer; me someto a ti en todo. Lo que más me importa es amarte. Los bienes de la tierra dáselos a quienes los quieran; yo no deseo más, ni nada más te pido, que la perseverancia en tu gracia y en tu amor.

Apoyándome, Padre eterno, en las promesas de tu Hijo: En verdad os digo que si pedís algo a mi Padre en mi nombre, os lo concederá, en nombre de Jesucristo te pido la perseverancia, y la gracia de amar- te con todo mi corazón, cumpliendo perfectamente de ahora en adelante tu voluntad.

Jesús, te has hecho víctima por mí, y Tú mismo te me has dado, para que yo me entregue a ti y te someta mi voluntad; Tú mismo dices: Dame, hijo mío. tu corazón. Aquí tienes mi corazón, Señor, aquí tienes mi corazón y mi alma, que también te doy y a ti la dedico totalmente. Pero Tú conoces bien mi debilidad: ayúdame; no permitas que aparte mi voluntad de ti para pecar contra ti. No lo permitas de ningún modo; concédeme que siempre te ame, haz que te ame todo lo que un cristiano debe amarte; y de la misma manera que tu Hijo muriendo en la Cruz pudo decir: Todo está consumado, que yo también pueda decirlo cuando muera porque a partir de hoy guarde tus mandamientos. Concédeme que, en todos los peligros y las tentaciones de pecar contra ti, siempre a ti recurra, y que nunca deje de suplicar tu auxilio. Gracias, Dios mío, porque Tú eres fiel.

María Santísima, que todo lo puedes delante de Dios, consigue para mí la gracia de que en las tentaciones me refugie siempre en Dios.

MIERCOLES

Jesús mío, bien veo todo lo que has hecho y has padecido para obligarme a amarte, ¡Y yo que me he mostrado tan desagradecido contigo! ¡Cuántas veces, Dios mío, he cambiado tu gracia y te he perdido, por un placer tonto, o por un mal deseo! Muy agradecido me he mostrado hacia las criaturas, por el placer que en ellas encontraba, y solamente contigo me he mostrado ingrato. Perdóname, Dios mío: me duele esta culpa porque no mereces que te trate así, y me arrepiento de todo corazón; confío en tu amor sin límites. Si no fueras la Bondad infinita, tendría que desesperarme y no atreverme a buscar más tu misericordia.

Gracias porque me has soportado tanto tiempo. El solo hecho de que tengas tanta paciencia conmigo, Dios mío, debería atraerme hacia el amor. ¿Quién podría seguir queriéndome, sino Tú, que eres Dios de infinita misericordia? Hace mucho tiempo que me estás invitando a amarte, no quiero resistirme más a tu amor, me doy a ti por entero. Ya está bien de pecar contra ti; ahora quiero amarte. Te amo, pues eres inmensamente bueno; te amo, Dios mío, que eres digno de amor infinito, y quiero estar repitiendo siempre y en la eternidad: te amo, te amo.

Dios mío, cuántos años y cuántas posibilidades he perdido haciendo el tonto durante los cuales habría podido amarte, conocerte y servirte; sin embargo los he malgastado. Pero, Jesús, tu Sangre es mi esperanza. Espero que nunca ya dejaré de quererte. No sé cuánto tiempo de vida me queda, pero el resto de mi vida, poco o mucho, te lo entrego totalmente. Para esto me has esperado hasta ahora. Quiero, pues, complacerte, deseo amarte siempre, Señor, y sólo a ti quiero amar. ¿Qué son para mí los placeres? ¿Qué las riquezas? ¿Qué los honores? Sólo Tú, Dios mío, sólo Tú eres y siempre serás mi amor y mi todo.

Pero nada puedo, si no me ayudas con tu gracia. Hiere mi corazón, enciéndelo con tu santo amor, únetelo todo a ti, únelo de tal manera que nunca pueda separarse de ti. Prometiste amar a quien te ama: Yo amo a quienes me aman. Pues bien, te amo; perdona mi atrevimiento y no permitas que yo haga nada que impida que me ames: quien no ama está muerto. Líbrame de esta muerte. Haz que siempre te ame, para que Tú puedas amarme; así nuestro amor será eterno y nunca desaparecerá entre Tú y yo. Concédeme esto, Padre eterno, por amor de Jesucristo. Concédemelo Tú también, Jesús, por tus méritos, que ofreciste al Padre por cada uno de los hombres.

María, Madre de Dios y Madre mía, ruega Tú también a Jesús por mí.

JUEVES:

Dios mío, aquí tienes a tus pies a un hijo tuyo que te ha fallado muchas veces. Has perdonado muchas veces mis pecados; yo, despreciando tus cuidados y tu cariño y la ayuda que me prestabas, una y otra vez te he fallado. Otros han pecado en medio de tinieblas, pero yo lo he hecho rodeado de luz. No obstante, escucha la voz de este Hijo tuyo, que acabo de ofrecerte y que ahora está en mi pecho: Él es quien pide para mí tu misericordia y tu perdón. Perdóname, por el amor de Jesucristo, pues me duele de todo corazón haberte ofendido.

Sé que gustosamente te enterneces con los peca- dores, por el amor que tienes a Jesucristo: Tuvo a bien reconciliar por Él todas las cosas consigo. Así, pues, por el amor de Jesucristo, enternécete también con- migo. No me eches de tu presencia, aunque me lo merezco; perdóname y cámbiame. Si antes he des- preciado tu amistad, ahora la estimo más que todos los reinos del mundo. Prefiero tenerte a ti antes que tener todas las riquezas y todos los goces del cielo y de la tierra. .

Atráeme hacia ti. Ayúdame a hacer de buena gana y con alegría mi trabajo, y a llevar con paciencia y buen humor las contrariedades y el cansancio. Que me mortifique por amor a ti. Concédeme el espíritu de una humildad verdadera, por el cual pueda gozarme en ser miserable e imperfecto. Enséñame a hacer tu voluntad, y señálame lo que quieres de mí, pues eso es lo que quiero hacer. Acepta, Dios mío, el amor de este pecador que hasta ahora te ha olvidado muchas veces, pero que desde ahora quiere amarte de verdad y ser tuyo. Dios mío, espero amarte por toda la eternidad; por eso quiero empezar ya en esta vida.

Porque te amo, deseo que todos te conozcan y te amen; por lo tanto, Señor, puesto que me llamaste a servirte, haz que por ti trabaje y me dedique a salvar almas. Todo esto lo espero por tus méritos, Jesucristo; y por tu intercesión, Madre mía, María.

VIERNES:

Jesús, ¿cómo has podido elegirme a mí para ser santo? ¿cómo puedes quererme tanto, y siempre? A mí que tantas veces me comporto como un auténtico tonto. Hay temporadas o momentos en los que no me aguanto a mí ni siquiera yo mismo, me canso de ser como soy, de no poder cambiar, me asombro de mis reacciones, me harto de algunos de mis defectos,... Sinceramente, a veces me cuesta amarme a mí mismo, aceptarme como soy. Y Tú, Señor, que me conoces perfectamente, eres fiel y me amas siempre, y siempre me disculpas, y siempre me perdonas, y siempre me redimes, y siempre me aceptas, y siempre vuelves a confiar en mí y por otro lado, tantas veces he despreciado tu gracia, tu Persona, tu amor, tus planes. Señor, me duelen mis pecados, mis faltas de amor. Quiero que me duelan con toda el alma. Has sido mi Redentor no solo una vez, sino tantas veces cuantas me has perdonado. ¡Ojalá que nunca te hubiera ofendido!

En tus manos encomiendo mi espíritu; me has redimido, Señor. Pastor divino, Tú has descendido del cielo para buscarme como oveja perdida, y cada día desciendes sobre el altar; diste tu vida para salvarme: no me abandones. En tus manos encomiendo mi alma, acéptala en tu clemencia, y no permitas que jamás me separe de ti.

Por mí derramaste toda tu Sangre: Te pedimos que nos ayudes, puesto que nos has redimido con tu Sangre. Ahora eres mi abogado y no mi juez; suplica para mí el perdón. Gracias, perdón y ayúdame más.

SÁBADO:

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Jesús mío, también esta mañana has venido a visitar mi alma; te doy gracias de todo corazón. Ya que has venido a mí, te pido que me hables, dime qué quieres de mí. Aunque muchas veces no he escuchado tu voz, hoy sí quiero oírte: dime lo que quieras que haga, pues estoy dispuesto a todo. ¡Ojalá te hubiera amado siempre! ¡Cuántas ocasiones de amarte he despreciado! Te amo, Redentor mío; te amo, Dios mío; sólo aspiro a amarte con todo mi corazón y a entregar mi vida por tu amor, ya que Tú quisiste morir por mí. Te diré con palabras de San Francisco: Moriré de amor por su amor, pues te dignaste morir por mi amor. Jesús, te entregaste todo entero por mí diste tu Sangre, tu vida, todos tus sudores, todos tus méritos; no tenías más que dar. Yo me entrego todo a ti; te doy todos mis goces, todas las delicias de este mundo, mi cuerpo, mi alma, mi voluntad; ya no tengo más que darte.; si más tuviera más te daría. Pero Señor, haz que te sea fiel; no permitas que cambie mi voluntad y te abandone.

Dios mío, Tú eres todopoderoso: hazme santo. Haz que te ame mucho, haz que trabaje para tu gloria, y que consiga todo lo que te agrade. Tú me diste la vida, haz que la gaste en servirte a ti y por ti a todos los hombres. María, acércame a Dios; haz que confíe en ti y que siempre acuda a ti: con tu ayuda debes hacerme santo. Así lo espero y te lo agradezco.

DOMINGO:

Jesús, Redentor y Dios, te adoro presente en mi pecho bajo las especies sacramentales, por las cuales te has hecho alimento de mi alma. Sé bienvenido a mi alma y por este gran beneficio te doy gracias de todo corazón, me pesa no saber agradecértelo como te mereces. ¿Cómo podría agradecer un humilde campesino la visita de su rey, si no es postrándose a sus pies, admirándose y alabando un honor tan grande? Me postro, pues, ante ti, Rey divino, Jesús, y te adoro en mi pequeñez. Uno mi adoración a la de María Santísima cuando te recibió en su seno; y quisiera amarte con el mismo amor con que Ella te amó. Redentor ¡cuántas veces he desobedecido tus mandatos, Jesús bueno!, confío en que habrás perdonado mis pecados. Pásalos por alto, Tú que eres la bondad in- finita, pues me duele de todo corazón haberte ofendido. ¡Ojalá te hubiera amado siempre, Jesús! Tú me escogiste para ser santo y amigo tuyo, ¡qué más podías hacer para que yo te amara! Gracias porque con tu gracia recuperaré el tiempo perdido. Quiero amarte con todo mi corazón. Dios mío, ¿de qué me valen las riquezas? ¿De qué los goces de este mundo? Tú lo eres todo para mí. Desde ahora Tú serás mi único bien y mi único amor. Te diré con San Paulino: «Que guarden los ricos sus riquezas, sus reinos los reyes; para mi Cristo es la gloria y el reino».

Padre eterno, por el amor de este Hijo tuyo, a quien hoy he recibido en mi corazón, te pido que me concedas la santa perseverancia en tu gracia y el don de tu santo amor. Te encomiendo a todos mis familiares, amigos y enemigos; también a las almas del purgatorio y a todos los pecadores. Madre mía, María Santísima, pide para mí la santa perseverancia y el amor de Jesucristo.

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